Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Predictibilidad

Es la predictibilidad de los eventos una bendición. ¿Qué clase de civilización podría construirse sin un nivel satisfactorio de predictibilidad?

Pero es la predictibilidad también una maldición. Es la fuga por la cual se cuela, se escapa, se pierde el sentido del sentido. Es la cura a la adicción a la mágica inverosimilitud de los hechos, mismos que sólo lo serían en ausencia de un mejor marco de referencia, pero que son ahora duros y fríos.

No creer, saber cómo terminará esta sesión, o este día, o esta relación. Recordar cómo serán las cosas inmediatas, y las que sigan, y recordar también cómo serán, el día en que yo muera. Eso se llama predictibilidad.

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No es lo que sabes

No es lo que sabes, no, lo que te hace atractiva. No es la serenidad que se deriva de la autoconfianza. Tampoco los juicios que haces al vapor y sin errar, ya que los haces sin pensar y sobre cosas muy simples. Es lo que ignoras. Lo que asoma durante brevísimos periodos por tus ojos pequeños y brillantes.

No es el acto, sino la potencia, lo que nutre al esteta. El morboso del cosmos se entrega a la imaginación, y sólo la pretexta en la imagen. Por eso es morboso, virtiendo su oscuridad sobre el mundo entero.

Un instante, el presente, que hunde sus raíces hondas en la materia del recuerdo, en el pasado profundo y rico, basta para demostrar que dicho pasado es igual de ausente. El pasado es una fe. Más aún que el futuro mismo, pues aquél no se presta sino a la interpretación, mientras que éste ofrece una -generalmente vana- esperanza de sentido.

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Vacuidad

Por momentos las cosas pierden su sentido. Es como si el color del mundo se fuera perdiendo grado a grado, como si la comida perdiera su sabor y su aroma. Día a día, hora tras hora, mi mente busca aferrarse a un conocimiento del mundo y sus relaciones: un conocimiento que ya no está ahí.

La duda se presenta. La irrelevancia de los valores más caros, la reivindicación y la nueva pérdida. La duda se presenta de nuevo, duda angustiosa y aniquiladora. La duda total, la que despoja metódicamente al arte de su belleza, al amor de su objetivo y al trabajo de su fruto.

Hoy sólo queda el vacío. Ni siquiera la tristeza, eso sería algo. Nada, sólo vacío. Pensamientos y sentimientos, vivencias y recuerdos, todo se vuelve periférico a un núcleo vacío. Pero miento: queda algo; queda la impotencia de redimir mi existencia, pues no queda una red semántica de la cual colgar los elementos puntuales que me constituyen. Soy la nada, me disgrego. Soy una máquina del tiempo: soy mis recuerdos y mi futuro, que no pasa de ser el recuerdo que otros tendrán de mí durante algunos minutos. Pero el presente sólo puede entenderse como la unión (o mejor: la separación) entre esos otros dos mundos temporales. Así, es arbitrariamente grande, el presente. Pero no deja de ser absurdo.

Soy una burbuja en el mar. Me acerco a la superficie. Mi vacuidad, esencial, será manifiesta y desapareceré. Y será como si nunca hubiera existido.

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