Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

El que calla otorga

Eso dicen, los que saben: «el que calla otorga».

Pero no dicen que otorga calladamente. Desvencijada, blanda, cobardemente es que otorga. Otorga lentamente, lo hace tristemente. Depende del contexto, y depende de quien recibe. Es un otorgamiento vergonzoso. Ingenioso. Tristísimo.

Yo pregunto. No contestas. Y contestas. Y contesto, porque no lo haces, pero contesto lo que tú quieres. Ridículo. Tristísimo.

Tú preguntas. Y no lo haces. Y yo contesto, porque no preguntas, pero contesto lo que ya sabes: por eso no lo preguntas. Inevitable. Tristísimo.

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Diálogo oscuro

Cuando llega la oscuridad sólo queda el miedo. La oscuridad no llega sola: llega junto con el silencio, y con el frío. A oscuras sólo te acompaña la añoranza de la luz; y en silencio te queda el recuerdo del sonido. El silencio es cortante: es el frío dolor de una navaja en la piel. La oscuridad es una promesa, o mejor: una certeza; la oscuridad es la señal de que se ha muerto y de que el infierno comienza aquí y ahora.

Tienes la ilusión de un mañana. Sueñas con él, porque imaginas, inocente, que alguna ingerencia en su forma has de disfrutar. Te engañas. El futuro es igual de vaporoso y ausente que el pasado: mayormente imaginación, con una muy somera dosis de realidad. Tu mañana no existe, es una ilusión. Tu ayer desaparecerá contigo cuando te hayas ido, cuando hayas muerto.

Ojalá que esté yo equivocado. Que los dioses te miren con buenos ojos, que una diosa se enamore de ti y te proteja. Ojalá que la suerte exista y te vuelva especial, te cambie la vida y la visión, te haga transcendente.

Pero lo dudo.

Pero no lo creo.

Llevas puesta la camisa de fuerza, la que raspa, la que tiene manchas de sangre y vómito. Lo sé porque tú eres yo. Y yo soy tú. Y me apiado de ti porque siento el derecho de hacerlo. Sólo de ti, porque no puedo hacerlo de nadie más. Te contemplo y el llanto brota, triste de esa forma y en esa medida es tu situación a mis ojos. El momento del arte ha pasado, y no supiste aprovecharlo.

Estás perdido en la montaña. La noche se acerca, y trae consigo la oscuridad. Y el silencio. ¿Recordarás mis palabras antes de morir? Yo estaré contigo, pero estarás completamente solo. Espero morir antes que tú, para no entristecerme mirando tu fin.

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Vacuidad

Por momentos las cosas pierden su sentido. Es como si el color del mundo se fuera perdiendo grado a grado, como si la comida perdiera su sabor y su aroma. Día a día, hora tras hora, mi mente busca aferrarse a un conocimiento del mundo y sus relaciones: un conocimiento que ya no está ahí.

La duda se presenta. La irrelevancia de los valores más caros, la reivindicación y la nueva pérdida. La duda se presenta de nuevo, duda angustiosa y aniquiladora. La duda total, la que despoja metódicamente al arte de su belleza, al amor de su objetivo y al trabajo de su fruto.

Hoy sólo queda el vacío. Ni siquiera la tristeza, eso sería algo. Nada, sólo vacío. Pensamientos y sentimientos, vivencias y recuerdos, todo se vuelve periférico a un núcleo vacío. Pero miento: queda algo; queda la impotencia de redimir mi existencia, pues no queda una red semántica de la cual colgar los elementos puntuales que me constituyen. Soy la nada, me disgrego. Soy una máquina del tiempo: soy mis recuerdos y mi futuro, que no pasa de ser el recuerdo que otros tendrán de mí durante algunos minutos. Pero el presente sólo puede entenderse como la unión (o mejor: la separación) entre esos otros dos mundos temporales. Así, es arbitrariamente grande, el presente. Pero no deja de ser absurdo.

Soy una burbuja en el mar. Me acerco a la superficie. Mi vacuidad, esencial, será manifiesta y desapareceré. Y será como si nunca hubiera existido.

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Trivialidades de la integración

Al llegar a España decidí que intentaría integrarme tan profunda y rápidamente como me fuera posible. Decidí que pronto no notarían los españoles mi condición de extranjero.

Ahora no lo sé. Ahora he notado que no importa cuánto me esfuerce, seguirá aflorando mi forma extraña de construir frases, de pronunciar los fonemas, de cabrearme y de divertirme.

En el trabajo me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. En general pronuncio correctamente (hago la diferencia entre la ‘c/z’ y la ‘s’), y comprendo (y quizá inclusive utilizo) las frases populares, los lugares comunes y las malas palabras. Pero cuando cometo un error me queda claro que tengo una clara desventaja con respecto a los nativos: tener que pensar cómo se escribe cada palabra antes de decirla es un esfuerzo salvaje.

En casa me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. A veces uso la forma mexicana de la segunda persona del plural (ustedes), a veces la española (vosotros). A veces pronuncio como mexicano, a veces como español. Estoy arrastrando a mis hijos a la confusión, y mi esposa se manifiesta decididamente opuesta en lo personal a hacer lo mismo.

En general me parece ya inútil el esfuerzo. Estoy cansado de sentirme ridículo, de tratar de integrarme. La pregunta es: ¿cómo prefiero sentirme, ridículo o derrotado?

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Año nuevo en León

Ha salido el Sol, y es como si no lo hubiera hecho. La luz lechosa, difusa, blanda, no hace sino acentuar los duros ángulos de los edificios. La calle es gris, la ciudad es gris. El mundo es gris también, el cosmos entero tiene que serlo. Y gris soy yo también hoy, embebido en ésta, la primera mañana del año más gris. Me parece que el pavimento mismo es hoy más gris y más duro que de costumbre.

Ha salido el Sol, sólo para insinuar los contrastes. Salió por compromiso, para que la Luna no se creyera dueña de la mañana. Pero a esto, más que un amanecer, he de llamarlo un sabotaje a la noche.

Los recuerdos se agolpan, los recientes y los lejanos. Revolotean sobre mi cabeza sin permiso. Me roban la calma, me hieren y se alejan volando ágiles. Esta ciudad sin sentido podría ser mi ciudad natal: así de vacía se encuentra hoy. Y así, igualmente, mi interior: no oscuro y angustioso, sino blanco, vacío de sentido, terriblemente inútil.

Este Sol blando y lento ilumina al mundo sólo por compromiso. Juega con el tiempo y con las proporciones. Roba de las cosas el nombre y la historia al paso. Y de las personas, también de las personas. He llegado finalmente a casa, aunque incompleto: he llegado anónimo y sin ánimo. O mejor dicho: ha llegado mi cadáver para asearse la boca, desnudarse, dormir. Ha venido mi cadáver con la esperanza de revivir.

Existen sin duda cosas más tristes que la muerte. Oh, mente humana: eres miope y torpe, pues no distingues más estados que vida y muerte. No distingues más colores que los que se ven, y no distingues más nombres que los que se dicen. No distingues más afectos que los del amor y no distingues más deseos que los que te atañen. No tienes más lenguaje que tu lengua, siempre fonética, siempre silábica y gramatical. Tu triste estado es más triste que la muerte. Y más triste todavía es que seas yo mismo, y que yo no sea nada más.

Bienvenido, año nuevo.

León, España. Uno de enero de dos mil siete.

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