Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Extremos (jabonosos)

Jugando con pompas de jabón, Brunito nos ha deleitado con dos ocurrencias de las que –me parece– sólo él es capaz.

Primero, tras haber hecho pompas grandes, y también pequeñas, hace una normal. Y comenta, con gran asombro:

– ¡Qué pompa más mediana!

Un rato después, aburrido de hacer pompas, tiene un accidente y se echa agua jabonosa en el ojo. Acude conmigo, y entre los terribles sufrimientos asociados con el enjuage, me comenta:

– ¡No puedo ver, estoy ciego! Recuerdo cómo era cuando podía ver…

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El nuevo Tántalo

Miro, deseo. Me esfuerzo, fracaso.

Renuncio, fracaso. Renazco, fracaso.

Sufro.

Soy el nuevo Tántalo.

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Ancianidad

Primero fue la vista. Bueno, no: fueron los ojos. Rojos, irritados, inquietos. Dos días después, estába tratándome una «conjuntivitis aguda intensa».

Unos días más tarde, y con los ojos todavía hechos tomate, llegó la tendinitis. Se ensañó con mi tobillo derecho. Dolor, mucho dolor.

Con el nuevo tratamiento de la conjuntivitis (el primero no me sirvió sino para empeorarla) haciendo su trabajo, vino la sinusitis. El seno frontal derecho, ocupado. Más dolor. A menos de dos semanas de que todo comenzara.

Hay bromas frecuentes, y simpáticas, por cierto, sobre mi condición. Divierten a mis amigos, me divierten a mí. Pero detrás de ellas hay una inquietud germinando. ¿Es la casualidad actuando, certera, sobre mi persona? ¿Existe otra causa subyacente a mis males? ¿Comienza mi cuerpo a traicionarme? Pues eso siento: una traición.

Me estoy haciendo viejo. Esto que tengo no es sino el primer conjunto de achaques. Saberlo tiene, como lado positivo, una reivindicación de mi miedo a morir. Es tiempo de volver a tener respeto por mi propia muerte.

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¿Sufres mucho?

Me fue preguntado si sufro mucho. ¿Qué responder? Pues que no, por supuesto. Y es que realmente no sufro mucho; lo que ocurre es que mi pequeño sufrimiento no lo sufro por los canales habituales.

La primera causa de sufrimiento: la inefabilidad del mismo. ¿Y cómo describir el sufrimiento si no puedo siquiera entender cómo me siento? Y vamos: me parece que mi pequeño sufrimiento es en general importante para otros sólo en la medida en que es patente y un factor de incomodidad.

La segunda causa del sufrimiento: el carácter inercial del ánimo. Ante la falta de estímulos el ánimo tiende a mantenerse en su estado. Y eso, a la larga, se vuelve un estímulo, de los de mal olor.

La tercera causa del sufrimiento: la falsedad del mismo. No se sufre, se cree que se sufre. El sufrimiento es una forma de enraizar en la tierra de la humanidad. Revalida la importancia de los propios sentimientos, humaniza. Así que sufrir es bueno, o lo sería si fuera auténtico. ¿O no? ¡Oh, qué confusión!

Así que a la pregunta (auténtica o no) sobre mi sufrimiento, la mejor respuesta que tengo es «no lo sé». Ces’t la vie!

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