Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

¿Dónde están las manchas?

Hace años, cuando vivía con mis padres, ocurrió un crimen enfrente de mi casa.

Salí a comprar el pan, o las tortillas, o algo. Llevaba unos metros andados cuando me encontré con una vecina, que me dijo algo como: «qué terrible, ¿verdad?». Debo haber puesto una cara muy extraña, porque se puso a explicarme lo que debería saber, como sabían todos los demás: lo que había ocurrido durante la mañana, en ese mismo lugar.

Mi vecina señaló al piso. En ese momento me percaté de un par de grandes manchas de sangre seca. Y me dijo: «Hoy por la mañana, fue: un muchacho le disparó a su novia y luego se mató. Estaban peleando, y ella lo dejó y se alejó caminando; entonces él sacó la pistola y le disparó por detrás, y luego se dio un tiro él mismo».

A la hora en que el crimen ocurrió yo estaba en cama, dormido. Profundamente dormido, pues jamás me percaté de los disparos. De haber estado asomado a la ventana hubiera visto quizá la escena más morbosa de toda mi vida. Pero la idea de lo que ocurrió, y la presencia de las manchas durante tanto tiempo, de alguna manera alteraron mi manera de entender al mundo y a la gente.

Creo que para cometer un crimen como ese, y luego suicidarse, algún trastocamiento muy fuerte del sentido de las cosas debe ocurrir en la psique del criminal. De pronto, lo que era deja de ser. Y lo imposible se vuelve presente, patente, invasivo. Es sorprendente cómo las situaciones cambian. El momento es una sepia, y nada es lo que parece. Y la gente, al hallarse sorprendida, reacciona de formas que sólo contribuyen a la revolución semántica (aunque sea a los ojos de los demás). Por ejemplo, hay quien -sorprendido de esa forma- mata, y luego muere.

Y pregunto: ¿dónde están las manchas de sangre ahora? ¿Dónde están las manchas del crimen que he de cometer yo?

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Vacuidad

Por momentos las cosas pierden su sentido. Es como si el color del mundo se fuera perdiendo grado a grado, como si la comida perdiera su sabor y su aroma. Día a día, hora tras hora, mi mente busca aferrarse a un conocimiento del mundo y sus relaciones: un conocimiento que ya no está ahí.

La duda se presenta. La irrelevancia de los valores más caros, la reivindicación y la nueva pérdida. La duda se presenta de nuevo, duda angustiosa y aniquiladora. La duda total, la que despoja metódicamente al arte de su belleza, al amor de su objetivo y al trabajo de su fruto.

Hoy sólo queda el vacío. Ni siquiera la tristeza, eso sería algo. Nada, sólo vacío. Pensamientos y sentimientos, vivencias y recuerdos, todo se vuelve periférico a un núcleo vacío. Pero miento: queda algo; queda la impotencia de redimir mi existencia, pues no queda una red semántica de la cual colgar los elementos puntuales que me constituyen. Soy la nada, me disgrego. Soy una máquina del tiempo: soy mis recuerdos y mi futuro, que no pasa de ser el recuerdo que otros tendrán de mí durante algunos minutos. Pero el presente sólo puede entenderse como la unión (o mejor: la separación) entre esos otros dos mundos temporales. Así, es arbitrariamente grande, el presente. Pero no deja de ser absurdo.

Soy una burbuja en el mar. Me acerco a la superficie. Mi vacuidad, esencial, será manifiesta y desapareceré. Y será como si nunca hubiera existido.

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