Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Trivialidades de la integración

Al llegar a España decidí que intentaría integrarme tan profunda y rápidamente como me fuera posible. Decidí que pronto no notarían los españoles mi condición de extranjero.

Ahora no lo sé. Ahora he notado que no importa cuánto me esfuerce, seguirá aflorando mi forma extraña de construir frases, de pronunciar los fonemas, de cabrearme y de divertirme.

En el trabajo me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. En general pronuncio correctamente (hago la diferencia entre la ‘c/z’ y la ‘s’), y comprendo (y quizá inclusive utilizo) las frases populares, los lugares comunes y las malas palabras. Pero cuando cometo un error me queda claro que tengo una clara desventaja con respecto a los nativos: tener que pensar cómo se escribe cada palabra antes de decirla es un esfuerzo salvaje.

En casa me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. A veces uso la forma mexicana de la segunda persona del plural (ustedes), a veces la española (vosotros). A veces pronuncio como mexicano, a veces como español. Estoy arrastrando a mis hijos a la confusión, y mi esposa se manifiesta decididamente opuesta en lo personal a hacer lo mismo.

En general me parece ya inútil el esfuerzo. Estoy cansado de sentirme ridículo, de tratar de integrarme. La pregunta es: ¿cómo prefiero sentirme, ridículo o derrotado?

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¿Sufres mucho?

Me fue preguntado si sufro mucho. ¿Qué responder? Pues que no, por supuesto. Y es que realmente no sufro mucho; lo que ocurre es que mi pequeño sufrimiento no lo sufro por los canales habituales.

La primera causa de sufrimiento: la inefabilidad del mismo. ¿Y cómo describir el sufrimiento si no puedo siquiera entender cómo me siento? Y vamos: me parece que mi pequeño sufrimiento es en general importante para otros sólo en la medida en que es patente y un factor de incomodidad.

La segunda causa del sufrimiento: el carácter inercial del ánimo. Ante la falta de estímulos el ánimo tiende a mantenerse en su estado. Y eso, a la larga, se vuelve un estímulo, de los de mal olor.

La tercera causa del sufrimiento: la falsedad del mismo. No se sufre, se cree que se sufre. El sufrimiento es una forma de enraizar en la tierra de la humanidad. Revalida la importancia de los propios sentimientos, humaniza. Así que sufrir es bueno, o lo sería si fuera auténtico. ¿O no? ¡Oh, qué confusión!

Así que a la pregunta (auténtica o no) sobre mi sufrimiento, la mejor respuesta que tengo es «no lo sé». Ces’t la vie!

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