Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Vocación

Brunito: ¿Sabes qué quiero ser cuando sea mayor?

Mabel: No. ¿Qué?

Brunito: ¡Ninja!

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Buenos deseos

Despidiéndome de Brunito, éste me dice:

– ¡Hasta luego papá!

– Hasta luego, querido hijo.

– ¡Que te vaya bien! ¡Que te cargue el payaso!

– Er… ¡gracias!

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Te adoro…

En el baño, mientras me dispongo a bañarme, Sofía me dice:

– Papi: eres el mejor papá del mundo. Te adoro.

– Gracias, mi chiquita. Yo también te adoro, no sabes…

– No quiero que te mueras. Bueno: si te tienes que morir, quiero que vivas muchos años.

– Er… vale. Gracias.

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Juego de palabras

Vamos en el coche. Sofía ha hecho algo que amerita un castigo. El problema: el castigo afectará también a Brunito. Así que éste pregunta:

– ¿Y a mí por qué me castigan? ¡Yo no he hecho nada!

Y le contesto:

– No has hecho nada. Lo lamento, pero te toca pagar el pato.

– ¿Pagar el pato? ¡Interesante juego de palabras!

– …

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Extremos (jabonosos)

Jugando con pompas de jabón, Brunito nos ha deleitado con dos ocurrencias de las que –me parece– sólo él es capaz.

Primero, tras haber hecho pompas grandes, y también pequeñas, hace una normal. Y comenta, con gran asombro:

– ¡Qué pompa más mediana!

Un rato después, aburrido de hacer pompas, tiene un accidente y se echa agua jabonosa en el ojo. Acude conmigo, y entre los terribles sufrimientos asociados con el enjuage, me comenta:

– ¡No puedo ver, estoy ciego! Recuerdo cómo era cuando podía ver…

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Asesinos

No tengo palabras para expresar mis sentimientos sobre los asesinatos de inocentes a manos de los militares israelíes.

Estoy seguro de que los israelíes creen tener buenas razones para hacer lo que hacen. Estoy seguro de que el hombre más maldito del mundo los respalda. Yo, simplemente, con un par de hijos pequeños y otro en camino, no puedo sentir sino una repulsión extrema ante imágenes como ésta. Me parece que no hay excusa posible.

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Mi recompensa

Hora de dormir (a los niños). Tras apagar la luz y salir, Bruno me grita repetidamente: «papi, ¡ven!; papi, ¡ven!». Finalmente, decido entrar.

Yo: ¿Qué pasó, Bruno?

Brunito: Gracias por venir. Quédate contigo (sic).

Yo: Bueno, pero sólo unos momentos (y me acuesto con él en su camita).

Brunito (abrazándome por el cuello): ¡Eres el mejor!

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Trivialidades de la integración

Al llegar a España decidí que intentaría integrarme tan profunda y rápidamente como me fuera posible. Decidí que pronto no notarían los españoles mi condición de extranjero.

Ahora no lo sé. Ahora he notado que no importa cuánto me esfuerce, seguirá aflorando mi forma extraña de construir frases, de pronunciar los fonemas, de cabrearme y de divertirme.

En el trabajo me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. En general pronuncio correctamente (hago la diferencia entre la ‘c/z’ y la ‘s’), y comprendo (y quizá inclusive utilizo) las frases populares, los lugares comunes y las malas palabras. Pero cuando cometo un error me queda claro que tengo una clara desventaja con respecto a los nativos: tener que pensar cómo se escribe cada palabra antes de decirla es un esfuerzo salvaje.

En casa me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. A veces uso la forma mexicana de la segunda persona del plural (ustedes), a veces la española (vosotros). A veces pronuncio como mexicano, a veces como español. Estoy arrastrando a mis hijos a la confusión, y mi esposa se manifiesta decididamente opuesta en lo personal a hacer lo mismo.

En general me parece ya inútil el esfuerzo. Estoy cansado de sentirme ridículo, de tratar de integrarme. La pregunta es: ¿cómo prefiero sentirme, ridículo o derrotado?

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¿Por qué no te has ido?

Suponiendo que Sofía y Brunito ya dormían (por fin, quiero decir), comienzo a levantarme.

Brunito: ¡no te vayas!

Yo (susurrando): bueno, bueno.

Vuelvo a intentarlo.

Brunito: ¡no te vayas!

Yo: no, no te preocupes.

Brunito: ¿estás ahí?

Yo: sí.

Brunito: ¿y por qué?

Yo: um… ¡por que tú me lo pediste!

Brunito: ¿por qué no te has ido?

Yo: ¡joder, macho: tú me ordenaste que me quedara!

Finalmente se durmió.

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