Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Madrid (hoy)

Madrid me espera, como espera una madre a sus hijos en la madrugada. No importa que lleguen ebrios, no importa que lleguen locos. Importa sólo que lleguen. Madrid es una madre, que se toma un par de atribuciones por su mano.

Es menester aprender a quererla, pequeña y alborotada ciudad de Madrid.

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Segundo sueño

En el segundo sueño yo me meto a bañar, en un baño prestado, en un restaurante que encontramos en el camino.

Extrañamente, en lugar de una pastilla de jabón decido utilizar un trozo de mierda. Sí, un pedazo de mierda. Lo recuerdo de aspecto liso, bastante resistente pues no se deshacía con el tallado. Recuerdo que recordaba que alguien me había dicho que era benéfico para la piel, que se limpiaba a fondo, y que no dejaba aroma desagradable. ¡Y así me parecía! Cuando salí de bañarme me sorprendió no oler a mierda, aunque ciertamente no olía a jabón, como siempre.

Pasado un rato, entre las peripecias del sueño, notaba yo que mi olor se iba haciendo peor, y peor. Que olía a mierda. Que la gente se me alejaba con repugnancia. Recordaba la mierda con que me había tallado y yo mismo sentía repugnancia.

El impulso más importante que recuerdo en el sueño era bañarme como debe de ser: con agua limpia y jaboncito abundante. ¡Oh, cómo disfruté mi baño de hoy, al despertar!

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Primer sueño

En el primer sueño la Moria se aproximaba lentamente a mí riendo, ruidosa y desinhibida, devoradora, y con mis iniciales grabadas en la frente. Yo me encontraba sujeto a una silla, aparentemente atado, y desnudo. El miedo inicial fue dando paso a la hilaridad, evidentemente fruto de su pestilencia; la locura iba devorando mi mente antes aún de tocarme. Y la Moria era yo, y yo la locura misma.

Perdí el control de mí mismo, y me desmayé. Al despertar me encontraba en el mar, de nuevo desnudo, de nuevo indefenso. Era de noche y el agua era muy, muy fría. Tuve miedo de morir; tanto, que olvidé la terrible experiencia por la que acababa de pasar, para concentrarme en la difícil misión de morir ahogado. Debía flotar, debía sobrevivir, antes aún de darme cuenta de que todo era un sueño, una pesadilla.

Al comenzar a flaquear, al decidirme a claudicar, al entregarme por cansancio a la muerte, apareciste tú. La paz, el sentido más fundamental. El abrazo sereno, tu hermoso rostro. Calidez y luz. Y luego, calidez y oscuridad. Y luego desperté.

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