Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Palabras desgranadas

Mis palabras se desgranan, se entregan, se rinden. Agotadas, agobiadas, se deshacen bajo la intensa luz del sol, incapaces de mantenerse de una pieza durante más tiempo.

Otra vez el vacío ha llegado, carente de cualquier escrúpulo, a arrebatar a las ideas su destino. Éstas dependían del texto, y el texto del mensaje, y el mensaje de la idea. Ha llegado el vacío, y se ha llevado todo lo que valía la pena.

No es, sin embargo, completo el resultado. No es total el vacío: las letras yacen inertes, pequeños cadáveres negros, como hormigas tras el ineluctable ataque de un insecticida. Nada vivo queda; ni la poesía, ni el significado quedan. No queda sentido alguno, no queda ni la forma. Pero, ciertamente, queda el sentido terrible de la pérdida, de lo que pudo ser, de lo que no es, ni será jamás.

Idílico he de llamar a mi convenio, entonces, con esta cíclica destrucción del mundo. La odio, pero no puedo vivir sin ella. Mi convenio es el del fotógrafo de guerra: asqueado de tanto descalabro, pero comprometido con él.

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«Culpable» es la palabra

La palabra camina con lentitud, arrastrando un peso inmenso. Se detiene de vez en cuando, fatigada, abre la boca para llenarse de aire y vaciarse de vida, y con resignación prosigue su doloroso andar. Paga la palabra su culpa, de esa indignante manera.

Cuando por azar pasa la palabra junto a mí, me mira con pesadumbre, como esperando mi piedad. Quiere que me acerque, que extienda mi mano y la acaricie como a un perro. Quiere que la mire con lástima, que me conduela, que la perdone. Me acerco, para escupir sobre ella. La miro con resentimiento, con un desvanecido odio que ya raya en la indiferencia. Paga la palabra su deuda, humillada y sin esperanza.

Al marcharse ha dejado la palabra su esencia como rastro. Se ha desvanecido, entregada a su causa sin reclamar más tesoro que saberse útil. La más barata de las putas, la palabra. Abnegada y traicionera a la vez, era una hermosa criatura con mal aliento.

¿Cuál es la culpa de la palabra? No: la palabra es culpable.

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