Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Mi recompensa

Hora de dormir (a los niños). Tras apagar la luz y salir, Bruno me grita repetidamente: «papi, ¡ven!; papi, ¡ven!». Finalmente, decido entrar.

Yo: ¿Qué pasó, Bruno?

Brunito: Gracias por venir. Quédate contigo (sic).

Yo: Bueno, pero sólo unos momentos (y me acuesto con él en su camita).

Brunito (abrazándome por el cuello): ¡Eres el mejor!

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¿Por qué no te has ido?

Suponiendo que Sofía y Brunito ya dormían (por fin, quiero decir), comienzo a levantarme.

Brunito: ¡no te vayas!

Yo (susurrando): bueno, bueno.

Vuelvo a intentarlo.

Brunito: ¡no te vayas!

Yo: no, no te preocupes.

Brunito: ¿estás ahí?

Yo: sí.

Brunito: ¿y por qué?

Yo: um… ¡por que tú me lo pediste!

Brunito: ¿por qué no te has ido?

Yo: ¡joder, macho: tú me ordenaste que me quedara!

Finalmente se durmió.

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