Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Asesinos

No tengo palabras para expresar mis sentimientos sobre los asesinatos de inocentes a manos de los militares israelíes.

Estoy seguro de que los israelíes creen tener buenas razones para hacer lo que hacen. Estoy seguro de que el hombre más maldito del mundo los respalda. Yo, simplemente, con un par de hijos pequeños y otro en camino, no puedo sentir sino una repulsión extrema ante imágenes como ésta. Me parece que no hay excusa posible.

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Predictibilidad

Es la predictibilidad de los eventos una bendición. ¿Qué clase de civilización podría construirse sin un nivel satisfactorio de predictibilidad?

Pero es la predictibilidad también una maldición. Es la fuga por la cual se cuela, se escapa, se pierde el sentido del sentido. Es la cura a la adicción a la mágica inverosimilitud de los hechos, mismos que sólo lo serían en ausencia de un mejor marco de referencia, pero que son ahora duros y fríos.

No creer, saber cómo terminará esta sesión, o este día, o esta relación. Recordar cómo serán las cosas inmediatas, y las que sigan, y recordar también cómo serán, el día en que yo muera. Eso se llama predictibilidad.

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Palabras desgranadas

Mis palabras se desgranan, se entregan, se rinden. Agotadas, agobiadas, se deshacen bajo la intensa luz del sol, incapaces de mantenerse de una pieza durante más tiempo.

Otra vez el vacío ha llegado, carente de cualquier escrúpulo, a arrebatar a las ideas su destino. Éstas dependían del texto, y el texto del mensaje, y el mensaje de la idea. Ha llegado el vacío, y se ha llevado todo lo que valía la pena.

No es, sin embargo, completo el resultado. No es total el vacío: las letras yacen inertes, pequeños cadáveres negros, como hormigas tras el ineluctable ataque de un insecticida. Nada vivo queda; ni la poesía, ni el significado quedan. No queda sentido alguno, no queda ni la forma. Pero, ciertamente, queda el sentido terrible de la pérdida, de lo que pudo ser, de lo que no es, ni será jamás.

Idílico he de llamar a mi convenio, entonces, con esta cíclica destrucción del mundo. La odio, pero no puedo vivir sin ella. Mi convenio es el del fotógrafo de guerra: asqueado de tanto descalabro, pero comprometido con él.

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