Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

La batalla cotidiana

Cada noche preparo la batalla. Religiosamente, con método y sistema, repaso mi estrategia, elaboro mi táctica y afilo mis aceros. Paso revista, cuento mis efectivos. Estudio el campo y defino mis trincheras.

Cada noche sé que ganaré la batalla, porque tanto análisis no puede rendir más fruto que la victoria. Me regocijo, orgulloso de mis capacidades, de mi experiencia guerrera, de mis métodos de inteligencia y contrainteligencia. Distribuyo la muerte, saboreo la paz.

Cada noche sueño con las páginas de la historia que llevarán mi nombre; me preparo a trocar el pecado en licencia, el crimen en necesidad, la crueldad en deber. Me sé superior a mi propia situación. Escritor de odas con sanguínea tinta.

Pero cada mañana llegas tú, y de un soplido desbaratas mi mundo. Eres un ángel combatiente: puro a la vez que mortal, certero y muy potente. Invencible, no tienes qué sacar la espada.

Así, mi batalla jamás ha comenzado. No es contra ti, no es contigo: mi batalla es, cada día, contra mí mismo. Cada mañana aprendo lo mismo, una y otra vez, y cada mañana me sorprendo igual.

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«Trivialidades» de la integración (2ª parte)

Ahora tengo claro que no vale la pena tratar de integrarme al nivel que originalmente tenía pensado. Creo y siento que mi extranjería es una condición de privilegio.

El viernes pasado (madrugada de sábado, para ser más exacto), al salir de un antro (uno llamado «in situ»), y preocupado porque un compañero que venía con nosotros no salía, decidí tratar de entrar nuevamente, para buscarlo en el baño. Pues jamás conseguí que siquiera me abrieran la puerta. Cuando me di cuenta de que las señas eran inútiles, comencé a tocar la ventanilla de la puerta con los nudillos. Cuando finalmente decidieron abrir la puerta, fue sólo para que un portero me gritara: «vete a tu país», «campeón: tú eres mi campeón», «aquí tenemos leyes, ¿entiendes eso?», «yo estoy en mi país: tú vete al tuyo» y algunas otras frases de la misma suerte.

No me voy a ir de España por ese incidente, pero ciertamente las ideas no se hicieron esperar. Tengo que reconocer que más tarde otro portero, evidentemente más dueño de sí mismo que el primero, inclusive me pidió disculpas. Pero era tarde para evitar que yo notara los efectos de mi naturaleza extranjera en algunos segmentos de la población. Es claro que mi insistencia (que no pude explicar a tiempo por la negativa a escucharme) sirvió para abrir la puerta del resentimiento de un español contra un mexicano.

He dejado de intentarlo. La duda ha desaparecido. Algún día, si nada lo impide, seré español: es cierto. Pero no será por medio de mi lenguaje, de mis maneras, de mis costumbres, que lo haga. Culturalmente, parece que siempre tendré más rasgos mexicanos que españoles.

Me preguntaba yo si era preferible sentirse ridículo o derrotado. Ridículo por adaptarme sólo parcialmente a la forma de ser española, o derrotado por no hacerlo en absoluto.

Pues bien: hoy no me siento ya ridículo ni derrotado. Me siento contento, auténtico, mexicano como soy, rodeado de españoles.

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