Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Un día especial

Tradicionalmente hoy, 23 de junio, es un día especial en este lugar en el que vivo. Es la festividad de San Juan.

Antiguamente, en esta fecha (o muy cercanamente) se celebraba el solsticio de Verano. No hace falta, por supuesto, que yo elabore sobre la importancia que puede tener un día como tal en las costumbres, tradiciones y creencias de un pueblo.

No es exactamente el día más largo del año (el solsticio ocurrió justo ayer), ¡pero es quizá el más mierda! Y digo «quizá» porque Satanás siempre se reserva el derecho de sorprendernos, y lo ejerce de vez en cuando.

Todavía, sin embargo, pueden verse aquí y alla rastros del antiguo carácter pagano de estas celebraciones.

A mitad del recorrido que va de la plaza de toros al Hostal de San Marcos, por ejemplo, se halla la «Glorieta de Guzmán el Bueno». En ella toma lugar una representación que simplemente no puede ser cristiana: la «quema de San Juan».

Lo especial del caso, me parece, es la transparencia con que es aceptada en la mente de los lugareños la convivencia de los ritos católicos con los de otras, diversas, procedencias.

Un ejemplo clarísimo de una síntesis semejante (conceptualmente), si bien más claramente sincrética, es la práctica del vudú: elementos cristianos amalgamados con una cosmogonía importada de África, sin proclama de conflicto en las mentes de los creyentes.

Sorprendente, sin duda. O quizá lo sorprendente sería, para ser más rico en los juicios, que fuera de otra manera. ¿Qué experiencia mística, o al menos tradicional, no es la fusión de culturas que sólo en apariencia son incompatibles? ¿Qué tiene que ocurrir para que dos sistemas de creencias sean realmente incompatibles?

Ignoro la respuesta, aunque a manera de experimentación sociológica alguna aproximación a dicha pregunta me gustaría ver.

Sobre el tema, quizá los más avezados podrán señalar pueblos, poblaciones o influencias que, por razones históricas, no se han visto envueltos en mezcolanzas de esta índole. Pienso básicamente en grupos humanos reducidos y aislados del entorno comunicativo (antropológicamente hablando) característico de Occidente: tribus en el corazón africano, o en el desierto Subsahariano. Quizá la tundra septentrional de Mongolia.

Durante mucho tiempo creí en la universalidad de los criterios de juicio de la sociedad que me contenía, he de confesarlo. Mirar los documentales sobre lugares realmente lejanos, en más de un sentido, se me antojaba francamente irreal.

Entonces llegó el momento de conocer un poco más allá de la punta de mi nariz y, aunque sigo siendo un ratón encerrado, esta vez en el hemisferio norte y en el hemisferio occidental, al menos me ha bastado para perder toda la confianza que tenía en mis propios juicios de valor cultural.

A qué me ha llevado la observación de estos rasgos culturales hispánicos es, francamente, motivo de regocijo. Me gusta este pueblo. Me gusta esta gente. No por completo, pero en general el balance sale positivo. Y me gusta reconocer tantos elementos de mi propia cultura, la que hube de mamar, en gente (anciana, hay que decirlo), a tantos y tantos y tantos kilómetros de distancia.

Donde hay gente, hay cultura, comunicación, tradición, conocimiento, sabiduría. Es clave, fundamental, importantísimo, mantener esa mentalidad. A veces lo olvido, de lo integrado que ya me siento a este pueblo español. Días como hoy me lo recuerdan.

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Graffiti «hispano»

El lugar: la puerta de un excusado, en las nuevas oficinas del ITL, en León, España.

El momento: diez de abril de 2008. Se trata de un edificio recién construido, con apenas una semana de haber sido estrenado.

La situación: entro al baño, cierro la puerta, me siento «a meditar». Y cuando miro al frente, encuentro que la puerta ya fue «estrenada» con una leyenda. Pero eso no es lo extraño del caso. No era una leyenda de índole sexual, que es lo que las habitualmente burdas mentes de los que escriben ahí alcanzan a engendrar. No: la leyenda dice: «Marcos. Comandante». Así, simplemente. Sin calificativos, sin más valor añadido, ni retirado. Sin firma. Sin respuestas.

Cabe mencionar que al día de hoy soy el único mexicano en las mencionadas instalaciones. Cabe mencionar, también, que entre toda la gente que hoy puebla dichas instalaciones, ninguno hasta donde mi saber llega se llama Marcos.

¿Qué está pasando?

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Blasphemy

Aunque el psicotrance no es mi veneno habitual, haberme dado hoy la oportunidad de escucharlo me ha traído como recompensa una grata sorpresa: el «track» «blasphemy», de un artista llamado rübe.

Muy refrescante, ciertamente algo blasfemo, muy rico en texturas musicales y grandioso en su lírica.

¡Buen trabajo, rübe!

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«Trivialidades» de la integración (2ª parte)

Ahora tengo claro que no vale la pena tratar de integrarme al nivel que originalmente tenía pensado. Creo y siento que mi extranjería es una condición de privilegio.

El viernes pasado (madrugada de sábado, para ser más exacto), al salir de un antro (uno llamado «in situ»), y preocupado porque un compañero que venía con nosotros no salía, decidí tratar de entrar nuevamente, para buscarlo en el baño. Pues jamás conseguí que siquiera me abrieran la puerta. Cuando me di cuenta de que las señas eran inútiles, comencé a tocar la ventanilla de la puerta con los nudillos. Cuando finalmente decidieron abrir la puerta, fue sólo para que un portero me gritara: «vete a tu país», «campeón: tú eres mi campeón», «aquí tenemos leyes, ¿entiendes eso?», «yo estoy en mi país: tú vete al tuyo» y algunas otras frases de la misma suerte.

No me voy a ir de España por ese incidente, pero ciertamente las ideas no se hicieron esperar. Tengo que reconocer que más tarde otro portero, evidentemente más dueño de sí mismo que el primero, inclusive me pidió disculpas. Pero era tarde para evitar que yo notara los efectos de mi naturaleza extranjera en algunos segmentos de la población. Es claro que mi insistencia (que no pude explicar a tiempo por la negativa a escucharme) sirvió para abrir la puerta del resentimiento de un español contra un mexicano.

He dejado de intentarlo. La duda ha desaparecido. Algún día, si nada lo impide, seré español: es cierto. Pero no será por medio de mi lenguaje, de mis maneras, de mis costumbres, que lo haga. Culturalmente, parece que siempre tendré más rasgos mexicanos que españoles.

Me preguntaba yo si era preferible sentirse ridículo o derrotado. Ridículo por adaptarme sólo parcialmente a la forma de ser española, o derrotado por no hacerlo en absoluto.

Pues bien: hoy no me siento ya ridículo ni derrotado. Me siento contento, auténtico, mexicano como soy, rodeado de españoles.

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