Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Aprobado

Pues bien: he conseguido aprobar el examen práctico de conducir. A esperar el carnet, se ha dicho. ¡Qué bien se siente uno, carajo!

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«Trivialidades» de la integración (2ª parte)

Ahora tengo claro que no vale la pena tratar de integrarme al nivel que originalmente tenía pensado. Creo y siento que mi extranjería es una condición de privilegio.

El viernes pasado (madrugada de sábado, para ser más exacto), al salir de un antro (uno llamado «in situ»), y preocupado porque un compañero que venía con nosotros no salía, decidí tratar de entrar nuevamente, para buscarlo en el baño. Pues jamás conseguí que siquiera me abrieran la puerta. Cuando me di cuenta de que las señas eran inútiles, comencé a tocar la ventanilla de la puerta con los nudillos. Cuando finalmente decidieron abrir la puerta, fue sólo para que un portero me gritara: «vete a tu país», «campeón: tú eres mi campeón», «aquí tenemos leyes, ¿entiendes eso?», «yo estoy en mi país: tú vete al tuyo» y algunas otras frases de la misma suerte.

No me voy a ir de España por ese incidente, pero ciertamente las ideas no se hicieron esperar. Tengo que reconocer que más tarde otro portero, evidentemente más dueño de sí mismo que el primero, inclusive me pidió disculpas. Pero era tarde para evitar que yo notara los efectos de mi naturaleza extranjera en algunos segmentos de la población. Es claro que mi insistencia (que no pude explicar a tiempo por la negativa a escucharme) sirvió para abrir la puerta del resentimiento de un español contra un mexicano.

He dejado de intentarlo. La duda ha desaparecido. Algún día, si nada lo impide, seré español: es cierto. Pero no será por medio de mi lenguaje, de mis maneras, de mis costumbres, que lo haga. Culturalmente, parece que siempre tendré más rasgos mexicanos que españoles.

Me preguntaba yo si era preferible sentirse ridículo o derrotado. Ridículo por adaptarme sólo parcialmente a la forma de ser española, o derrotado por no hacerlo en absoluto.

Pues bien: hoy no me siento ya ridículo ni derrotado. Me siento contento, auténtico, mexicano como soy, rodeado de españoles.

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Primer año

Hoy cumplo un año en España.

Debería tener un montón de cosas qué decir: impresiones, observaciones, análisis, etc. No tengo nada.

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Trivialidades de la integración

Al llegar a España decidí que intentaría integrarme tan profunda y rápidamente como me fuera posible. Decidí que pronto no notarían los españoles mi condición de extranjero.

Ahora no lo sé. Ahora he notado que no importa cuánto me esfuerce, seguirá aflorando mi forma extraña de construir frases, de pronunciar los fonemas, de cabrearme y de divertirme.

En el trabajo me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. En general pronuncio correctamente (hago la diferencia entre la ‘c/z’ y la ‘s’), y comprendo (y quizá inclusive utilizo) las frases populares, los lugares comunes y las malas palabras. Pero cuando cometo un error me queda claro que tengo una clara desventaja con respecto a los nativos: tener que pensar cómo se escribe cada palabra antes de decirla es un esfuerzo salvaje.

En casa me siento ridículo tratando de ser lo que no soy. A veces uso la forma mexicana de la segunda persona del plural (ustedes), a veces la española (vosotros). A veces pronuncio como mexicano, a veces como español. Estoy arrastrando a mis hijos a la confusión, y mi esposa se manifiesta decididamente opuesta en lo personal a hacer lo mismo.

En general me parece ya inútil el esfuerzo. Estoy cansado de sentirme ridículo, de tratar de integrarme. La pregunta es: ¿cómo prefiero sentirme, ridículo o derrotado?

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Aberraciones armamentistas en NGC

Tomado de un documental sobre volcanes en National Geographic Channel (en español): «pero los volcanes tienen otro arma secreta…».

¿Será posible? ¿Qué está pasando?

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Mi bota

Ahora tengo una bota. Había querido una bota desde hace mucho, mucho tiempo. Me emociona tener una. La llevo arriba, la llevo abajo. He aprendido a beber de ella, y la lleno con vino de las Tierras de León.

De un lado, la bota lleva la leyenda: «Los tres D. Burgos». Del otro, lleva las iniciales de mi bebé: «BU». Finalmente, algún día será suya. Espero que no la desprecie como la locura de un viejo.

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