Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Ancianidad

Primero fue la vista. Bueno, no: fueron los ojos. Rojos, irritados, inquietos. Dos días después, estába tratándome una «conjuntivitis aguda intensa».

Unos días más tarde, y con los ojos todavía hechos tomate, llegó la tendinitis. Se ensañó con mi tobillo derecho. Dolor, mucho dolor.

Con el nuevo tratamiento de la conjuntivitis (el primero no me sirvió sino para empeorarla) haciendo su trabajo, vino la sinusitis. El seno frontal derecho, ocupado. Más dolor. A menos de dos semanas de que todo comenzara.

Hay bromas frecuentes, y simpáticas, por cierto, sobre mi condición. Divierten a mis amigos, me divierten a mí. Pero detrás de ellas hay una inquietud germinando. ¿Es la casualidad actuando, certera, sobre mi persona? ¿Existe otra causa subyacente a mis males? ¿Comienza mi cuerpo a traicionarme? Pues eso siento: una traición.

Me estoy haciendo viejo. Esto que tengo no es sino el primer conjunto de achaques. Saberlo tiene, como lado positivo, una reivindicación de mi miedo a morir. Es tiempo de volver a tener respeto por mi propia muerte.

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Las separaciones y el orgullo

Igor ha escrito sobre los problemas que enfrenta en su trabajo, y trae a la luz un tema muy interesante: el de las separaciones. Describe un ciclo que -sin ser un universal- me parece aplicable muy ampliamente. Dice:

La situación es similar a cuando un matrimonio con hijos se divorcia: ambos aman a los hijos, les gustaría quedarse con la custodia de ellos (salvo algunas excepciones) y, a medida que pasa el tiempo, el amor que motivaba la necesidad de mantener la custodia se va reemplazando por un impulso más personal, más de rivalidad. Se pierde la objetividad y la visceralidad predomina. Los hijos son los principalmente afectados.

Me temo mucho que esto pueda llegar al punto en el que, como en el ejemplo que cité, vaya a quedar como el hijo olvidado en la tierra de nadie y los planes académicos, la meta formativa se deforme a una caricatura de lo que pudo haber sido.

La palabra que extraño en su discurso es «orgullo». Y es que no entiendo «un impulso más personal, más de rivalidad», que el que proviene del orgullo. ¿Qué es el orgullo? ¿De dónde viene, para qué sirve? ¿Y cómo puede la gente permitirse la pérdida de relaciones importantes por esa razón?

Me parece entender que el orgullo es un aspecto del ego: uno en el que el propio rol dentro de una relación humana ha tomado forma. Si no hay una relación, con sus papeles y sus objetivos, el orgullo no tiene sentido. Así y todo, la existencia de diversos planos de significación dentro de una relación social implica que el orgullo es dependiente del plano en el que se esté participando, y no necesariamente de los otros. Puede uno sentirse herido en el orgullo dada una discusión, para luego darse cuenta de que adicionando tiempo, distancia y/o humildad dicha herida era falaz.

En ese supuesto, sería ideal, me parece, que las personas que deben tomar una decisión (especialmente una importante, que atañe a los destinos de otras personas) lo hagan desde la frialdad de la lejanía, con la perspectiva que otorga la reflexión, con la responsabilidad que se desprende de saberse parte de más sistemas que los evidentes. Las personas que toman decisiones de esa forma en general toman mejores decisiones que las otras, y son, en mi opinión, más sabias.

Es fácil decir que el orgullo no hace sino estorbar, en retrospectiva. Mirar a otro «cagarla», cegado por el orgullo, soslayando la propia responsabilidad con un grupo mayor, es indignante. Es en buena medida como mirar a un amigo muy ebrio: tozudo, irresponsable, egocéntrico. Una persona que no es la de todos los días. ¿Y no es acaso el orgullo el que habla sin acotamientos por la boca de un borracho? Pero el borracho se pone bien al cabo de unas horas. Se arrepiente de las estupideces que pueda haber hecho (de recordarlas), aprende un par de cosas y continúa. Pero el orgulloso no tiene tanta suerte.

Esto no significa, por supuesto, que el orgullo sea inherentemente deleznable. Por supuesto que no: el orgullo juega un papel importante en el logro de objetivos cuando las condiciones son adversas. Como siempre, me parece, la clave está en tenerlo bajo control: como una fiera encerrada en una jaula, que se saca de la misma en ocasiones especiales que lo ameritan, para volver a encerrarla luego.

Me parece, sin embargo, con tristeza, que el caso de los jefes de departamento que menciona Igor en su «post» no es el de personas de controlen su orgullo.

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Cortando cerezas en el Bierzo

Fuimos a Valtuille de Abajo. Es un lugar increíble, entre Cacabelos y Villafranca del Bierzo en el corazón de la zona del mismo nombre.

Estuvimos en la casa de la familia Potes (a la que pertenece la estimada Natalia, por cuya invitación -extensiva a través de Rafael Muñoz- llegamos ahí), y ahí doña Rosario, tía de Natalia, nos atendió con una amabilidad excepcional. Qué mujer tan maja, de verdad.

Con un calor intenso y una luz encegecedora estuvimos cortando cerezas. ¡Oh, qué cerezas! ¡Oh, qué paisajes! ¡Qué tarde tan agradable!

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