Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Mi calavera

El otrora fiable espejo hoy me ha traicionado. O no: me ha mostrado lo que debería haber visto por mí mismo desde hace mucho tiempo. Hoy no me devolvió mi propia imagen, sino una calavera. Busqué mis ojos, y nada. Busqué mis cejas, mis párpados, mi boca. Mi carne. Nada. Dos cavidades enormes, oscuras y temibles. Dos salientes pómulos. Y una inmensa, sardónica sonrisa, en virtud de mi ausencia de labios.

Lo único que me anclaba a la vida era mi gran nariz, pues una calavera no puede tener nariz. Y la mía, además de grande, es acendrada. Horrorosa, con un lunar en un costado y algunos pelillos asomando, además de algunos pequeños barros; pero viva.

Le pregunté a mi calavera si llevaba mucho tiempo esperando. Por respuesta se limitó a seguir riendo. Así que le pregunté si se trataba de una señal, de un anuncio de mi próxima muerte. ¿Qué me contestó? Nada: una sonrisa penetrante. Le pregunté a mi calavera de qué se estaba riendo. Pregunta estúpida, por supuesto, y mi calavera se rió de mí.

Empecé entonces a sospechar que mi calavera no reía. Que su condena era ser: simplemente. Simplemente ser. Sin gestos, sin llantos ni espantos. Sin ojos, oídos o nariz. Mi calavera tenía la dura misión de infundir miedo en los vivos a la muerte, quizá; a la nada, al duro vacío, con su sola blanca, penetrante inusitada presencia. La sardónica y maldita sonrisa que no está ahí, sino en nuestros más oscuros todavía corazones, no la ostenta mi calavera como un arma ni como un escudo, sino como una tristísima resignación. Empecé, en efecto, a sospechar que mi calavera merecía misericordia. Sentí vergüenza de portarla en mi interior, y de juzgarla a la vez tan duramente.

Mi pobre, estúpida calavera.

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Alter ego

Ahora de verdad me he descubierto en conflicto conmigo mismo. Esta vez los extremos se han juntado… sin reconocerse. Lo que he desarrollado es un verdadero «alter ego», y no otra cosa.

Trataré de ser como el Buda, y fracasaré, por supuesto. Por lo de «ego».

Buscaré el camino de Sócrates, y también en eso fracasaré. Por lo de «alter».

Acabaré siendo una princesa sin castillo, o un «clochard» impoluto. Seré una celebridad anónima.

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Mi museo personal

Gobierno mi mente con la mano izquierda, malamente. La gobierno porque temo a la anarquía, porque vivir con incertidumbre me ha parecido preferible a morir con certeza.

Un secreto, sólo uno, me queda en el corazón. ¿Te lo diré, acaso? Yo creo que no, porque es la fuente del poco poder que conservo. Yo creo que sí, porque me quema, porque quiere dejarme atrás, ser libre, vivir su vida, suicidarse.

Sólo un secreto, sí: pero es un secreto mortal. En él he cifrado mis esperanzas vitales, mi identidad, mi género y mi especie. Si decido compartirlo, será como quedar desnudo en la tundra.

Tengo, sí, un gobierno deficiente, un secreto a voces y algunos otros absurdos, sistemáticamente preservados en un museo desierto, ardiendo en deseos de que lo visiten. De que lo visite alguien. Quien sea. Pronto.

Abro hoy las puertas de mi museo. Clausuro la taquilla, desempolvo las piezas, friego los pisos. Pinto las columnas. Abro las ventanas, todas, para inundar con luz y aire fresco su seno, buscando que mi gobierno, mi secreto y todos los adefesios que conservo sean vistos y así, buena o malamente, juzgados.

Será mañana, quizá, que mi angustiosa espera termine. O no, quizá después. O quizá nunca. Hoy no puedo saberlo, no quiero saberlo, y menos todavía decidirlo. Será mañana que lo decida. O no, quizá después. O quizá nunca…

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Madrid (hoy)

Madrid me espera, como espera una madre a sus hijos en la madrugada. No importa que lleguen ebrios, no importa que lleguen locos. Importa sólo que lleguen. Madrid es una madre, que se toma un par de atribuciones por su mano.

Es menester aprender a quererla, pequeña y alborotada ciudad de Madrid.

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Palabras desgranadas

Mis palabras se desgranan, se entregan, se rinden. Agotadas, agobiadas, se deshacen bajo la intensa luz del sol, incapaces de mantenerse de una pieza durante más tiempo.

Otra vez el vacío ha llegado, carente de cualquier escrúpulo, a arrebatar a las ideas su destino. Éstas dependían del texto, y el texto del mensaje, y el mensaje de la idea. Ha llegado el vacío, y se ha llevado todo lo que valía la pena.

No es, sin embargo, completo el resultado. No es total el vacío: las letras yacen inertes, pequeños cadáveres negros, como hormigas tras el ineluctable ataque de un insecticida. Nada vivo queda; ni la poesía, ni el significado quedan. No queda sentido alguno, no queda ni la forma. Pero, ciertamente, queda el sentido terrible de la pérdida, de lo que pudo ser, de lo que no es, ni será jamás.

Idílico he de llamar a mi convenio, entonces, con esta cíclica destrucción del mundo. La odio, pero no puedo vivir sin ella. Mi convenio es el del fotógrafo de guerra: asqueado de tanto descalabro, pero comprometido con él.

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Resistencia

Pues bien: ¿por qué te resistes? ¿A qué temes?

Las eras hablan a través de los signos manifiestos. La inmanencia, lo trascendente, el destino, que es la fuente de todo lo que ha ocurrido desde el principio. El tiempo, tras desnudarse ante tus ojos, se ha puesto su traje gris.
Las gotas resbalan casi horizontales, del otro lado de la ventanilla. De cuando en cuando, el breve rugido de un poste al pasar. La uniformidad de la potente maquinaria que nos transporta me obliga a sopesar mi postura, a volver a sentirme débil y pequeño.
La noche está aquí, es sólo que sigue siendo de día. Las nubes más cercanas al horizonte, hacia el Noroeste, son blancas, tienen por dentro una refulgencia que se antoja mágica. Hacia el Norte se adivina una tormenta, hermana de la que acabamos de dejar atrás.

¿Por qué te resistes? Está escrita tu herida, es imposible de curar. Y está escrito que por esa herida sangrarás, pero no sangre. Tinta. Quieres engañarte, creer que el dolor es ajeno, o es lejano. Pero sabes, con el corazón, que tú eres el dolor, y que el dolor es tuyo, y eres tú mismo. Gritas y lloras con parsimonia. Te desgarras en las entrañas, acomodando lentamente una letra detrás de otra, detrás de otra, volviendo sobre tus pasos y cambiando comas (que son débiles), tildes, o mutando palabras para que cada una sea conforme con su enigmático destino dentro de una oración.

El cielo triste, agonizante, lloroso, se rinde: míralo, exangüe y hasta cobarde; son ahora los campos los que regalan la luz. Campos verdes, casi fosforescentes, aprovechándose de la coyuntura para relucir y envanecerse. Campos amarillos, de potencia cromática indudable, dándose el lujo de permitir el vislumbrar de la mismísima tierra, con explosiones de amapolas aquí y allá. Y en lontananza campos azules, sí: azules en las colinas y en la base de las montañas. Todos los colores están en rebelión, abusando del repentino poder que les da la momentánea debilidad celeste.

Y tú, ¿quién eres? ¿Qué te has creído, que te sientes dueño de ti mismo? ¿Acaso crees que eres para ti? ¿O que eres por ti? Nada de eso, comprende de una vez. Eres un vehículo. Eres una máquina de humanidad. Tu destino existe, y es sólo en tu inocencia estúpida que lo quieres aniquilar. Eres patético: como un pisador de uvas orgulloso por pisar lo que otros comen; o como un cocinero que espera gratitud. Necesitas un ego para hacer tu trabajo. Necesitas una conciencia. Necesitas una inteligencia. Pero tú no eres tu ego, por mucho que te cueste entenderlo. No eres tu conciencia, por extraño que te parezca. Y por supuesto no eres tu inteligencia. El ego y la inteligencia son substancias que por separado funcionan bien, pero que al juntarse reaccionan aniquilándose mutuamente. Así que no seas egoísta y mantenlas separadas. Así que no seas estúpido y mantenlas separadas. Así que no seas lo que siempre has sido, como siempre has sido, aprende algo de una puta vez y mantenlas separadas. Haz tu trabajo. Y no esperes recompensa, pues tu trabajo es sangrar, sufrir, dolerte. Tu trabajo es gemir y gritar, pero con precisión quirúrgica, y luego callar.

Este extraño tubo, largo y poderoso, perfora el tiempo. Se hunde de lleno en un bosque de amenazantes árboles, ansiosos por engullirlo, salvándose en el último instante, cada instante, escapando sobre sus rieles. Y voy yo dentro: soy la memoria del tren. Soy el tren. En realidad, soy un pequeño parásito en su inmensa barriga. Soy el parásito del carro seis, asiento 211. Asiento 212, también, porque mi compañero parásito ha decidido dejar su cuerpo en otra parte, y su lugar es un poco más cómodo. Así que el acto maravilloso de perforar el tiempo así funciona: me introduzco en el tren, me dispongo a esperar. Espero, y cuando termino de hacerlo ha ocurrido el milagro: estoy en otro lugar, y en otro momento.

¿Aún estás aquí? No dejas de sorprenderme. Creí que habrías renunciado, que te habrías resistido, como es habitual en ti. Has buscado decepcionarme, y todavía no lo has conseguido. Te esfuerzas, lo sé, pero esta vez tu tiempo, tu futuro en confabulación con tu pasado, han elegido no insinuar crípticos mensajes a tu oído; ya lo ves, ya lo puedes escuchar: esta vez tu tiempo está tirando de tu psique, adueñándose de ella. Esta vez no habrás de «escaquearte», porque te tienen cogido de lo más íntimo. Y lo más íntimo no son tus genitales, idiota.

Es de noche ya cuando el tren relaja su marcha para entrar en la ciudad de Valladolid. Unos minutos en la estación me bastan para comprender que no soy el único ente patético a bordo: pasajeros apiñados en las puertas, sin atreverse a bajar pero sin resistirse a fumar. A toda prisa sacan el cigarrillo que tenían preparado y el «mechero». Y a toda prisa también dan tantas fumadas como pueden, absteniéndose de conversar para no desperdiciar los valiosos segundos, para no perder ni una sola de las inhalaciones potenciales. ¡Oh, qué lamentable escena! Pero he de consolarme en el increíble espectáculo que tengo ahora a mi izquierda, hacia el poniente. El Sol no se ha posado con suavidad en el horizonte: se ha estrellado contra él. Y ha salpicado de una luz que se me antoja angélica a las nubes que cruzaban por ese punto preciso el cielo en ese instante. Las nubes mutiladas, abigarradas, violadas, son incapaces ahora de cubrir por completo el majestuoso tono azul tras ellas. Agujeros largos y estrechos, como heridas, permiten descubrir el valioso tesoro que las nubes guardaban para sí mismas: un cielo tan hermoso que mirarlo embelesa al insensible. Pero no: no son heridas. No hay sangre, ni pus. No hay dolor, no hay persecución. No hay miedo. Lo que hay es una atracción hipnótica, irresistible e inefable salvo por estos lamentables intentos. El firmamento está exhibiéndose, impúdico. Estoy mirando la vagina del firmamento, y en su interior estoy distinguiendo el tono de la eternidad.

Sigue probando, pequeño, a ser lo que no eres. Veremos cuánto duras, aunque sé ya que no será mucho. Te debes a otros, y no se te permitirá la libertad. Jamás.

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R.I.P.

Que en paz descanse, el que ha muerto. El que acaba de morir, quiero decir, para el homenaje tenga algún sentido. Ojalá que yo supiera quién fue, cómo se llamó, en dónde vivió, en dónde murió. Así podría, al menos, fingir: «fue un buen hombre, ¡lo quisimos mucho!».

Consumatum est, fulanito. Requiescat in pace, per omnia secula seculorum.

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El que calla otorga

Eso dicen, los que saben: «el que calla otorga».

Pero no dicen que otorga calladamente. Desvencijada, blanda, cobardemente es que otorga. Otorga lentamente, lo hace tristemente. Depende del contexto, y depende de quien recibe. Es un otorgamiento vergonzoso. Ingenioso. Tristísimo.

Yo pregunto. No contestas. Y contestas. Y contesto, porque no lo haces, pero contesto lo que tú quieres. Ridículo. Tristísimo.

Tú preguntas. Y no lo haces. Y yo contesto, porque no preguntas, pero contesto lo que ya sabes: por eso no lo preguntas. Inevitable. Tristísimo.

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El nuevo Tántalo

Miro, deseo. Me esfuerzo, fracaso.

Renuncio, fracaso. Renazco, fracaso.

Sufro.

Soy el nuevo Tántalo.

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Podrías… ¿podrás?

Podrías hacer la magia más formidable. Pero has extraviado la varita. ¿Podrás hacer que otra aparezca, por arte de magia?

Podrías ir a donde quisieras, visitar el mundo entero, conocer, aprender, maravillarte. Pero te has doblegado ante las distancias. ¿Podrás viajar hasta el vehículo, una vez más?

Podrías volar, migrar, cambiar, crecer, tenaz, solar, feliz, mariposa de alas tornasoles, azules, verdes, rojizas, ambarinas. Pero hueles el néctar y bebes, y bebes, y bebes. ¿Podrás luego volar, acaso?

Podrías expresarte, contagiar tu increíble visión del mundo, dar y recibir sentido, enraizar en otras mentes y serles a un tiempo fértil tierra. Pero has querido enmudecer. ¿Podrás emular a Zacarías?

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