Bruno Unna

Palabras desnudas, privadas de vergüenza (y de sentido)

Vocación

Brunito: ¿Sabes qué quiero ser cuando sea mayor?

Mabel: No. ¿Qué?

Brunito: ¡Ninja!

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Buenos deseos

Despidiéndome de Brunito, éste me dice:

– ¡Hasta luego papá!

– Hasta luego, querido hijo.

– ¡Que te vaya bien! ¡Que te cargue el payaso!

– Er… ¡gracias!

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Mi calavera

El otrora fiable espejo hoy me ha traicionado. O no: me ha mostrado lo que debería haber visto por mí mismo desde hace mucho tiempo. Hoy no me devolvió mi propia imagen, sino una calavera. Busqué mis ojos, y nada. Busqué mis cejas, mis párpados, mi boca. Mi carne. Nada. Dos cavidades enormes, oscuras y temibles. Dos salientes pómulos. Y una inmensa, sardónica sonrisa, en virtud de mi ausencia de labios.

Lo único que me anclaba a la vida era mi gran nariz, pues una calavera no puede tener nariz. Y la mía, además de grande, es acendrada. Horrorosa, con un lunar en un costado y algunos pelillos asomando, además de algunos pequeños barros; pero viva.

Le pregunté a mi calavera si llevaba mucho tiempo esperando. Por respuesta se limitó a seguir riendo. Así que le pregunté si se trataba de una señal, de un anuncio de mi próxima muerte. ¿Qué me contestó? Nada: una sonrisa penetrante. Le pregunté a mi calavera de qué se estaba riendo. Pregunta estúpida, por supuesto, y mi calavera se rió de mí.

Empecé entonces a sospechar que mi calavera no reía. Que su condena era ser: simplemente. Simplemente ser. Sin gestos, sin llantos ni espantos. Sin ojos, oídos o nariz. Mi calavera tenía la dura misión de infundir miedo en los vivos a la muerte, quizá; a la nada, al duro vacío, con su sola blanca, penetrante inusitada presencia. La sardónica y maldita sonrisa que no está ahí, sino en nuestros más oscuros todavía corazones, no la ostenta mi calavera como un arma ni como un escudo, sino como una tristísima resignación. Empecé, en efecto, a sospechar que mi calavera merecía misericordia. Sentí vergüenza de portarla en mi interior, y de juzgarla a la vez tan duramente.

Mi pobre, estúpida calavera.

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Te adoro…

En el baño, mientras me dispongo a bañarme, Sofía me dice:

– Papi: eres el mejor papá del mundo. Te adoro.

– Gracias, mi chiquita. Yo también te adoro, no sabes…

– No quiero que te mueras. Bueno: si te tienes que morir, quiero que vivas muchos años.

– Er… vale. Gracias.

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Juego de palabras

Vamos en el coche. Sofía ha hecho algo que amerita un castigo. El problema: el castigo afectará también a Brunito. Así que éste pregunta:

– ¿Y a mí por qué me castigan? ¡Yo no he hecho nada!

Y le contesto:

– No has hecho nada. Lo lamento, pero te toca pagar el pato.

– ¿Pagar el pato? ¡Interesante juego de palabras!

– …

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Heroico, pero…

Jugando rudamente –como es habitual– con Brunito, me dice de pronto:

– Papá: ¡eres muy heroico!

– ¿De verdad, Brunito?

– Sí: pero poco inteligente.

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Elegance in user interfaces

I just read an interesting article on elegance outside the “high-design world”.

The closing conclusion of the article: Elegant doesn’t have to simple.

A quite insightful conclusion, I believe.

The reason why I enjoy using a significatively large number of Mac applications is that the complexity is hidden upfront; engulfed, up to the point I –as a user– need:

Should I perform a simple (or common) operation, I’m not subjected to a cumbersome, cluttered interface. Should I need something else, a couple of clicks in the –intuitive– right places give me access to a more sofisticated interface. And so on.

If I ever become a power user of such a program, the interface (and functions) available to me are as complex, or more, than the corresponding ones in any other platform.

The point at hand is that the progressive disclosure design principle is, at least when speaking of user interfaces, an important ingredient of elegance. But is, as usual, a double-edged sword. And a technique particularly hard to master.

This post was originally a comment to the aforementioned one, but I got a PHP error… Certainly not an elegant response. 🙂

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Imaginación nula

Durante la cena Brunito, respondiendo a alguna oferta de comida, nos dice:
– ¡Ustedes no tienen nada de imaginación!
– ¿Qué dices? ¿Por qué dices eso?
– Así es: no tienen imaginación: siempre están pensando en sus hijos, y en sus hijos. Siempre, sus hijos.
– Eh…

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Chistes subacuáticos

Sofía (de 7 años) me pregunta de pronto:

Papá, ¿te cuento el chiste que le contó el pepino de mar al erizo? Le contó:

Erizo: ¿sabes qué chiste le contó el pepino al erizo? Le contó:

Erizo: ¿sabes qué chiste le contó el pepino al erizo? Le contó:

No me ha dejado remedio, mi pequeña. Tuve que contarle de la recursividad.

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Extremos (jabonosos)

Jugando con pompas de jabón, Brunito nos ha deleitado con dos ocurrencias de las que –me parece– sólo él es capaz.

Primero, tras haber hecho pompas grandes, y también pequeñas, hace una normal. Y comenta, con gran asombro:

– ¡Qué pompa más mediana!

Un rato después, aburrido de hacer pompas, tiene un accidente y se echa agua jabonosa en el ojo. Acude conmigo, y entre los terribles sufrimientos asociados con el enjuage, me comenta:

– ¡No puedo ver, estoy ciego! Recuerdo cómo era cuando podía ver…

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