Mis palabras se desgranan, se entregan, se rinden. Agotadas, agobiadas, se deshacen bajo la intensa luz del sol, incapaces de mantenerse de una pieza durante más tiempo.
Otra vez el vacío ha llegado, carente de cualquier escrúpulo, a arrebatar a las ideas su destino. Éstas dependían del texto, y el texto del mensaje, y el mensaje de la idea. Ha llegado el vacío, y se ha llevado todo lo que valía la pena.
No es, sin embargo, completo el resultado. No es total el vacío: las letras yacen inertes, pequeños cadáveres negros, como hormigas tras el ineluctable ataque de un insecticida. Nada vivo queda; ni la poesía, ni el significado quedan. No queda sentido alguno, no queda ni la forma. Pero, ciertamente, queda el sentido terrible de la pérdida, de lo que pudo ser, de lo que no es, ni será jamás.
Idílico he de llamar a mi convenio, entonces, con esta cíclica destrucción del mundo. La odio, pero no puedo vivir sin ella. Mi convenio es el del fotógrafo de guerra: asqueado de tanto descalabro, pero comprometido con él.
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