Gobierno mi mente con la mano izquierda, malamente. La gobierno porque temo a la anarquía, porque vivir con incertidumbre me ha parecido preferible a morir con certeza.
Un secreto, sólo uno, me queda en el corazón. ¿Te lo diré, acaso? Yo creo que no, porque es la fuente del poco poder que conservo. Yo creo que sí, porque me quema, porque quiere dejarme atrás, ser libre, vivir su vida, suicidarse.
Sólo un secreto, sí: pero es un secreto mortal. En él he cifrado mis esperanzas vitales, mi identidad, mi género y mi especie. Si decido compartirlo, será como quedar desnudo en la tundra.
Tengo, sí, un gobierno deficiente, un secreto a voces y algunos otros absurdos, sistemáticamente preservados en un museo desierto, ardiendo en deseos de que lo visiten. De que lo visite alguien. Quien sea. Pronto.
Abro hoy las puertas de mi museo. Clausuro la taquilla, desempolvo las piezas, friego los pisos. Pinto las columnas. Abro las ventanas, todas, para inundar con luz y aire fresco su seno, buscando que mi gobierno, mi secreto y todos los adefesios que conservo sean vistos y así, buena o malamente, juzgados.
Será mañana, quizá, que mi angustiosa espera termine. O no, quizá después. O quizá nunca. Hoy no puedo saberlo, no quiero saberlo, y menos todavía decidirlo. Será mañana que lo decida. O no, quizá después. O quizá nunca…
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