Diciembre 11, 2007 • 01:59
La palabra camina con lentitud, arrastrando un peso inmenso. Se detiene de vez en cuando, fatigada, abre la boca para llenarse de aire y vaciarse de vida, y con resignación prosigue su doloroso andar. Paga la palabra su culpa, de esa indignante manera.
Cuando por azar pasa la palabra junto a mí, me mira con pesadumbre, como esperando mi piedad. Quiere que me acerque, que extienda mi mano y la acaricie como a un perro. Quiere que la mire con lástima, que me conduela, que la perdone. Me acerco, para escupir sobre ella. La miro con resentimiento, con un desvanecido odio que ya raya en la indiferencia. Paga la palabra su deuda, humillada y sin esperanza.
Al marcharse ha dejado la palabra su esencia como rastro. Se ha desvanecido, entregada a su causa sin reclamar más tesoro que saberse útil. La más barata de las putas, la palabra. Abnegada y traicionera a la vez, era una hermosa criatura con mal aliento.
¿Cuál es la culpa de la palabra? No: la palabra es culpable.
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Cada noche preparo la batalla. Religiosamente, con método y sistema, repaso mi estrategia, elaboro mi táctica y afilo mis aceros. Paso revista, cuento mis efectivos. Estudio el campo y defino mis trincheras.
Cada noche sé que ganaré la batalla, porque tanto análisis no puede rendir más fruto que la victoria. Me regocijo, orgulloso de mis capacidades, de mi experiencia guerrera, de mis métodos de inteligencia y contrainteligencia. Distribuyo la muerte, saboreo la paz.
Cada noche sueño con las páginas de la historia que llevarán mi nombre; me preparo a trocar el pecado en licencia, el crimen en necesidad, la crueldad en deber. Me sé superior a mi propia situación. Escritor de odas con sanguínea tinta.
Pero cada mañana llegas tú, y de un soplido desbaratas mi mundo. Eres un ángel combatiente: puro a la vez que mortal, certero y muy potente. Invencible, no tienes qué sacar la espada.
Así, mi batalla jamás ha comenzado. No es contra ti, no es contigo: mi batalla es, cada día, contra mí mismo. Cada mañana aprendo lo mismo, una y otra vez, y cada mañana me sorprendo igual.
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Diciembre 4, 2007 • 15:52
¿Qué soy yo? ¿Quién soy? ¿Quién es mi dueño?
Tengo cinco palabras qué decir, y quinientos demonios que las contienen; quinientas bestias ágiles que las mantienen sumergidas en la profundidad oscura y fría de la que quisieran emerger.
Cinco palabras que se arraigan en la esperanza, sin darse cuenta de que son hijas de una madre muerta. Así han de morir: ahogadas e inútiles; de infinita potencia pero escasa realidad. Y una vez muertas yo he de deshacerme de sus cadáveres, seguramente devorándolos.
Esta vida maravillosa es un parto muy doloroso y prolongado.
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