Si las relaciones humanas pudieran hacerse «transaccionales», otro gallo nos cantaría.
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Noviembre 27, 2007 • 17:45 0
Si las relaciones humanas pudieran hacerse «transaccionales», otro gallo nos cantaría.
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• 00:33 1
Cuando llega la oscuridad sólo queda el miedo. La oscuridad no llega sola: llega junto con el silencio, y con el frío. A oscuras sólo te acompaña la añoranza de la luz; y en silencio te queda el recuerdo del sonido. El silencio es cortante: es el frío dolor de una navaja en la piel. La oscuridad es una promesa, o mejor: una certeza; la oscuridad es la señal de que se ha muerto y de que el infierno comienza aquí y ahora.
Tienes la ilusión de un mañana. Sueñas con él, porque imaginas, inocente, que alguna ingerencia en su forma has de disfrutar. Te engañas. El futuro es igual de vaporoso y ausente que el pasado: mayormente imaginación, con una muy somera dosis de realidad. Tu mañana no existe, es una ilusión. Tu ayer desaparecerá contigo cuando te hayas ido, cuando hayas muerto.
Ojalá que esté yo equivocado. Que los dioses te miren con buenos ojos, que una diosa se enamore de ti y te proteja. Ojalá que la suerte exista y te vuelva especial, te cambie la vida y la visión, te haga transcendente.
Pero lo dudo.
Pero no lo creo.
Llevas puesta la camisa de fuerza, la que raspa, la que tiene manchas de sangre y vómito. Lo sé porque tú eres yo. Y yo soy tú. Y me apiado de ti porque siento el derecho de hacerlo. Sólo de ti, porque no puedo hacerlo de nadie más. Te contemplo y el llanto brota, triste de esa forma y en esa medida es tu situación a mis ojos. El momento del arte ha pasado, y no supiste aprovecharlo.
Estás perdido en la montaña. La noche se acerca, y trae consigo la oscuridad. Y el silencio. ¿Recordarás mis palabras antes de morir? Yo estaré contigo, pero estarás completamente solo. Espero morir antes que tú, para no entristecerme mirando tu fin.
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Noviembre 25, 2007 • 00:20 0
Noviembre 23, 2007 • 14:59 0
Noviembre 21, 2007 • 16:03 0
Hace años, cuando vivía con mis padres, ocurrió un crimen enfrente de mi casa.
Salí a comprar el pan, o las tortillas, o algo. Llevaba unos metros andados cuando me encontré con una vecina, que me dijo algo como: «qué terrible, ¿verdad?». Debo haber puesto una cara muy extraña, porque se puso a explicarme lo que debería saber, como sabían todos los demás: lo que había ocurrido durante la mañana, en ese mismo lugar.
Mi vecina señaló al piso. En ese momento me percaté de un par de grandes manchas de sangre seca. Y me dijo: «Hoy por la mañana, fue: un muchacho le disparó a su novia y luego se mató. Estaban peleando, y ella lo dejó y se alejó caminando; entonces él sacó la pistola y le disparó por detrás, y luego se dio un tiro él mismo».
A la hora en que el crimen ocurrió yo estaba en cama, dormido. Profundamente dormido, pues jamás me percaté de los disparos. De haber estado asomado a la ventana hubiera visto quizá la escena más morbosa de toda mi vida. Pero la idea de lo que ocurrió, y la presencia de las manchas durante tanto tiempo, de alguna manera alteraron mi manera de entender al mundo y a la gente.
Creo que para cometer un crimen como ese, y luego suicidarse, algún trastocamiento muy fuerte del sentido de las cosas debe ocurrir en la psique del criminal. De pronto, lo que era deja de ser. Y lo imposible se vuelve presente, patente, invasivo. Es sorprendente cómo las situaciones cambian. El momento es una sepia, y nada es lo que parece. Y la gente, al hallarse sorprendida, reacciona de formas que sólo contribuyen a la revolución semántica (aunque sea a los ojos de los demás). Por ejemplo, hay quien -sorprendido de esa forma- mata, y luego muere.
Y pregunto: ¿dónde están las manchas de sangre ahora? ¿Dónde están las manchas del crimen que he de cometer yo?
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• 15:26 0
Por momentos las cosas pierden su sentido. Es como si el color del mundo se fuera perdiendo grado a grado, como si la comida perdiera su sabor y su aroma. Día a día, hora tras hora, mi mente busca aferrarse a un conocimiento del mundo y sus relaciones: un conocimiento que ya no está ahí.
La duda se presenta. La irrelevancia de los valores más caros, la reivindicación y la nueva pérdida. La duda se presenta de nuevo, duda angustiosa y aniquiladora. La duda total, la que despoja metódicamente al arte de su belleza, al amor de su objetivo y al trabajo de su fruto.
Hoy sólo queda el vacío. Ni siquiera la tristeza, eso sería algo. Nada, sólo vacío. Pensamientos y sentimientos, vivencias y recuerdos, todo se vuelve periférico a un núcleo vacío. Pero miento: queda algo; queda la impotencia de redimir mi existencia, pues no queda una red semántica de la cual colgar los elementos puntuales que me constituyen. Soy la nada, me disgrego. Soy una máquina del tiempo: soy mis recuerdos y mi futuro, que no pasa de ser el recuerdo que otros tendrán de mí durante algunos minutos. Pero el presente sólo puede entenderse como la unión (o mejor: la separación) entre esos otros dos mundos temporales. Así, es arbitrariamente grande, el presente. Pero no deja de ser absurdo.
Soy una burbuja en el mar. Me acerco a la superficie. Mi vacuidad, esencial, será manifiesta y desapareceré. Y será como si nunca hubiera existido.
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Noviembre 20, 2007 • 22:45 1
He notado que mis tendencias vienen por ciclos. O algo así.
Estoy comenzando a escribir un poco, aunque sin mayores pretensiones. Narro algunos sueños (o composiciones de éstos), cuento experiencias, comento las de otros. Pero mientras esto ocurre (y me gusta), también he dejado de tomar fotografías, y he dejado de subirlas a flickr.
También estoy resucitando mi interés por la música, por escucharla y por tocar algo de piano. Pero en el camino está pagando la factura mi gusto por la lectura.
Y del ajedrez, otro «gran» interés que alguna vez tuve, ni qué decir. Se acabó. Y de todos estos abandonos realmente no sé si decir que es un asunto triste, o uno necesario. Quiero inclinarme por lo segundo, porque así me conviene (o a mi puto ego). Pero… ¿y si me equivoco?
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• 22:22 1
En el segundo sueño yo me meto a bañar, en un baño prestado, en un restaurante que encontramos en el camino.
Extrañamente, en lugar de una pastilla de jabón decido utilizar un trozo de mierda. Sí, un pedazo de mierda. Lo recuerdo de aspecto liso, bastante resistente pues no se deshacía con el tallado. Recuerdo que recordaba que alguien me había dicho que era benéfico para la piel, que se limpiaba a fondo, y que no dejaba aroma desagradable. ¡Y así me parecía! Cuando salí de bañarme me sorprendió no oler a mierda, aunque ciertamente no olía a jabón, como siempre.
Pasado un rato, entre las peripecias del sueño, notaba yo que mi olor se iba haciendo peor, y peor. Que olía a mierda. Que la gente se me alejaba con repugnancia. Recordaba la mierda con que me había tallado y yo mismo sentía repugnancia.
El impulso más importante que recuerdo en el sueño era bañarme como debe de ser: con agua limpia y jaboncito abundante. ¡Oh, cómo disfruté mi baño de hoy, al despertar!
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Noviembre 17, 2007 • 12:41 0
En el primer sueño la Moria se aproximaba lentamente a mí riendo, ruidosa y desinhibida, devoradora, y con mis iniciales grabadas en la frente. Yo me encontraba sujeto a una silla, aparentemente atado, y desnudo. El miedo inicial fue dando paso a la hilaridad, evidentemente fruto de su pestilencia; la locura iba devorando mi mente antes aún de tocarme. Y la Moria era yo, y yo la locura misma.
Perdí el control de mí mismo, y me desmayé. Al despertar me encontraba en el mar, de nuevo desnudo, de nuevo indefenso. Era de noche y el agua era muy, muy fría. Tuve miedo de morir; tanto, que olvidé la terrible experiencia por la que acababa de pasar, para concentrarme en la difícil misión de morir ahogado. Debía flotar, debía sobrevivir, antes aún de darme cuenta de que todo era un sueño, una pesadilla.
Al comenzar a flaquear, al decidirme a claudicar, al entregarme por cansancio a la muerte, apareciste tú. La paz, el sentido más fundamental. El abrazo sereno, tu hermoso rostro. Calidez y luz. Y luego, calidez y oscuridad. Y luego desperté.
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Noviembre 15, 2007 • 23:17 0
Yo (susurrando al oído de Bruno): Uno, dos, tres, cuatro: ¡labadodada!
Brunito: ¡No digas eso!
Yo: ¿Pero por qué? ¡Si a ti te encanta esa frase, tú la inventaste!
Brunito (entre risotadas): Uno, dos, tres, cuatro: ¡labadodada!
Esa frase es un absurdo que se ha «institucionalizado» dentro de la familia. La ha inventado Brunito, y no tenemos la menor idea de dónde la sacó, qué significa o por qué le gusta tanto. Pero cuando está contento es común que llegue diciendo: «uno, dos, tres cuatro: ¡labadodada!».
Esa y otras ocurrencias tienen una naturaleza atesorable. Absurda a priori, pero que adquieren su significación a base del uso, de los contextos de su uso. Ahora, decir esa frase y algunas otras me permite abrir un canal de comunicaciones con él. Es una suerte de contraseña, de complicidad. Un pasaporte a su risa mágica. Un pretexto para cargarlo y besuquearlo hasta que me dice «¡basta, no me beses más!».
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